martes, 14 de julio de 2020

TERCERA ACTIVIDAD ESPAÑOL GRADOS SÉPTIMO UNO Y SÉPTIMO DOS JULIO 13 A AGOSTO 14


TEMA: COHERENCIA Y COHESIÓN EN LA LECTURA COMPRENSIVA Y EN LA LECTURA CRÍTICA E  INFERENCIAL
OBJETIVO: Analizar el proceso de coherencia y cohesión y el propósito del autor, a partir de distintas clases de textos escritos
PROFESORA: JAEL BARRIENTOS ROA

GRADO: SÉPTIMO UNO Y SÉPTIMO DOS
PERIODO: DOS TERCERA ETAPA 13 DE JULIO A 14 DE AGOSTO
ESTÁNDARES BÁSICOS: Analiza el propósito del autor de distintas clases de textos escritos, teniendo en cuenta su contexto y función del lenguaje predominante en cada uno.

QUÉ ES LECTURA COMPRENSIVA
 La lectura comprensiva es, en pocas palabras, la acción de leer acompañada de una correcta interpretación. Por este motivo en la terminología pedagógica en ocasiones se utiliza el concepto de comprensión lectora.

ELEMENTOS QUE DEBE TENER EN CUENTA EL LECTOR PARA UNA LECTURA COMPRENSIVA
  1. 1. EL ASPECTO LITERAL DE LA LECTURA: Ideas extraídas del texto de acuerdo a lo que se dice desde el principio hasta el fin de la lectura, sin cambiar la información dada por el autor del libro.

  1. 2. PARAFRASEO: Expresar con sus propias palabras el contenido de la lectura, teniendo en cuenta su inicio, desarrollo y fin.

  1. 3. LA IDEA PRINCIPAL DE LA LECTURA: Es una idea que se expresa a lo largo de todo el texto y siempre se refiere al tema tratado en una lectura. Esta idea es la más importante ya que nos dice todo de manera sintética.

QUÉ ES LECTURA CRÍTICA

En la lectura crítica todo nace en la mente del lector, quien puede dar su opinión  frente a lo leído, sus reflexiones acerca de la lectura hecha, la relación del texto con su época, la comparación de lo que ocurre en un texto con la realidad, reflexionando sobre la importancia de lo leído para la vida del lector las críticas o aportes personales del lector a la lectura hecha,  explicando la relación del título de un texto con su contenido, analizar la clase de texto leído, analizar cómo hubieras resuelto los problemas presentados en la historia, proponiendo un nuevo título para el texto, son todos estos los aspectos que forman parte de la lectura crítica, describir qué propósito tiene el autor en su libro, entre otras cosas.

LA INFERENCIA

La inferencia es la capacidad racional que tiene un individuo de obtener información o conclusiones que no han sido manifestada de manera explícita, esta se puede dar de manera escrita, oral o en cualquier forma de comunicación. Así mismo, esta pudiera ser el acto de sacar conclusiones a partir de algo que se supone que es verdadero o falso. Un ejemplo de esto seria, “todos los hombres son mortales, José es un hombre y por lo tanto José es mortal”.
EJEMPLO: Un ejemplo de INFERENCIA podría plantearse a partir del siguiente texto: “Mi padre nació el mismo año en que el hombre llegó a la luna”. Si a continuación le preguntásemos a alguien cuándo nació mi padre y respondiese que en 1969, entonces estaría realizando una inferencia, puesto que en el texto no aparece de forma explícita dicho año.
Otro ejemplo: En el cuento Caperucita Roja se puede sacar una inferencia al decir que Caperucita Roja es una niña muy confiada, puesto que el cuento jamás dice esto, pero se pude inferir tal información, ya que se trata de una niña que se mete sola a un bosque solitario a sabiendas de que ronda un lobo feroz.

INFORMACIÓN EXPLÍCITA, TEXTUAL O LITERAL EN UN TEXTO

La información explicita, información literal o información textual, se refiere a la información escrita y puntual que puede encontrarse en un texto, desde el principio hasta su terminación. El lector puede copiar literalmente o al pie de la letra la información tal como aparece en el texto.
Información explícita es toda aquella información que explica, describe o caracteriza un hecho, acontecimiento, personaje o cosa que forma parte o el total del texto en una lectura.
Este tipo de información es aquella que está escrita dentro del texto, con la que muy probablemente se pueda realizar un resumen.

EJEMPLO:
Agua, hielo y vapor; tres manifestaciones de un mismo elemento. El hecho de que podamos ver en estado líquido, sólido y gaseoso depende de la temperatura. Por debajo de los 0°C, el agua se transforma en hielo; entre los 0° y los 100°C el agua permanece en estado líquido y, por encima de los 100°C, adquiere una consistencia gaseosa. Para otros elementos, las temperaturas de congelación y ebullición varían, pero la mayoría de ellos se pueden presentar con condiciones adecuadas, en cualquiera de los tres estados.

Del texto anterior podemos obtener la siguiente información explícita, literal o textual:
  • El estado líquido, sólido y gaseoso del agua depende de la temperatura
  • El estado del agua a menos de 0°C es sólido, de 0° a 100°C es líquido y a más de 100°C es gaseoso.
  • La mayoría de los demás elementos en condiciones adecuadas pueden presentar cualquiera de los tres estados de la materia.

INFORMACIÓN IMPLÍCITA, TÁCITA O INFERENCIAL

Es aquella información que no se dice en la lectura, pero por los hechos que allí ocurren o se dicen, el lector sobreentiende otras cosas que también pasan en una lectura, así no se digan.Si algo está implícito en un texto, significa que no se expresa abiertamente, ya que se sobre entiende, por lo cual, es necesario leer el texto entre líneas para extraer aquella información que no está explícita ni literal, ya que no la dice el texto.
EJEMPLO: En el cuento de La Cenicienta UNA INFORMACIÓN IMPLÍCITA es que ella no es rencorosa con su madrastra ni hermanastras, pues el lector llega a esta conclusión ya que a pesar de que la tratan como a una esclava, no muestra rabia hacia ellas. Esta información no la dice el texto pero se sobre entiende.

LA IDEA PRINCIPAL O CENTRAL DE UN TEXTO

Un texto
 escrito está formado por oraciones que tratan acerca de un mismo tema. Cada oración expresa una idea, la cual puede repetirse a lo largo de una lectura y por eso se denomina idea principal o idea central. En los textos bien redactados, se distingue claramente una idea que se expresa en todo el texto y siempre se refiere al tema tratado en una lectura. Esta idea es la más importante, la que nos dice todo de manera sintética. Por eso se le denomina idea principal o idea central de una lectura.
EJEMPLO:
La idea principal en Blanca Nieves y los Siete enanitoses que una hermosa muchacha es envidiada por una bruja malvada, quien le ofrece una manzana que la duerme hasta que un príncipe la despierta. La idea principal debe estar presente tanto al inicio, como en el medio y final de la lectura.

LA IDEA SECUNDARIA DE UNA LECTURA

Las ideas secundarias expresan detalles complementarios relacionados con el tema principal. Las ideas secundarias de una lectura siempre se van a referir a lo que se dice en un párrafo, en una oración o en una pequeña parte de ese texto, ya que da cuenta de detalles o aspectos que no se dicen a lo largo del texto, sino en una sola parte del mismo.
EJEMPLO: En la fábula “El león y el morrocoy”, la idea secundaria es:
“Cuando estuvieron cerca de la 
línea de meta, la liebre se sentó a esperar, pero se durmió, así que la tortuga llegó, pasó frente a ella y llegó primero a la línea de meta, ganando la carrera”. Es una idea secundaria ya que solo se refiere a la parte final de la historia.

QUÉ ES LA IDEA GLOBAL DE UN TEXTO
Podemos decir que la idea global de un texto es la idea principal o mensaje fundamental que deja el texto a lo largo de la lectura, dando lugar al tema principal que aborda el mismo.

ELEMENTOS DE LA IDEA GLOBAL DE UN TEXTO
  1. La ideaprincipal es la base que permite entender un texto y es la que se repite a lo largo de una lectura.
  2. Toda lectura contiene una idea global(inicio, centro y final de la lectura).
  3. Sin idea globalno puede estructurarse el tema de una lectura.
  4. La idea globalse apoya en las ideas secundarias que se encuentran en los distintos párrafos de una lectura.

EJEMPLO, En el cuento de Caperucita Roja la idea global del texto es que la historia trata de una niña que mientras va a traerle frutas a su abuelita, es engañada por un lobo para después comérsela a ella y a su abuelita, pero son rescatadas al final.

CINCO PASOS PARA RECONOCER LA IDEA GLOBAL DEL TEXTO

PASO 1: REALIZAR UNA LECTURA GENERAL DEL TEXTO.
En este paso debes realizar una primera lectura exploratoria o general, con el fin de anticipar o predecir tanto el propósito del texto, como su contenido. Recuerda que sub-títulos, gráficos, pie de páginas, fotografías, etc. también entregan información relevante para identificar el sentido global del texto. Puedes anotar tus primeras impresiones del texto.

PASO 2: IDENTIFICAR LA IDEA PRINCIPAL DE CADA PÁRRAFO.
Para continuar, vuelve a leer el texto de forma más detallada. Si no entiendes una parte, reléela para lograr comprenderla. Luego, subraya la idea más importante de cada párrafo o escríbela con tus propias palabras. La respuesta a la pregunta ¿de qué se habla en el párrafo? te ayudará a identificar la idea principal de éste. Recuerda que debes tener presente todo el párrafo para formular su idea principal y no detenerte sólo en una oración de éste.

PASO 3: IDENTIFICAR LA FRASE TEMÁTICA.
Reúne todas las ideas principales que extrajiste de cada párrafo e identifica la frase temática del texto, es decir aquel concepto que se reitera en gran parte de las ideas extraídas. Para reconocerla acertadamente, se debe tener en cuenta que esta información o concepto puede aparecer reiterada con la misma palabra o bajo la forma de un sinónimo.

PASO 4: JERARQUIZAR LAS IDEAS EXTRAÍDAS EN ORDEN DE IMPORTANCIA.
En forma jerárquica, ordena las ideas de cada párrafo, es decir, de la más a la menos importante. Para poder identificar cuál o cuáles son las ideas más importantes, debes reconocer aquellas que otorgan mayor o menor información a la frase temática.

PASO 5: FORMULAR LA IDEA PRINCIPAL DEL TEXTO A PARTIR DE LAS IDEAS EXTRAÍDAS.
Luego de jerarquizar las ideas, piensa si realmente la frase temática abarca por completo el tema central del escrito. Si piensas que hay ideas que complementan o acotan la frase temática respecto del tema del texto, agrégalas a ella.

MACROESTRUCTURA DE UN TEXTO
La macroestructura textual es el contenido semántico global que representa el sentido global de un textode un texto. La macroestructura se refiere al asunto o al tema central del cual trata un texto escrito.
La macroestructura textual es el conjunto de ideas organizadas de forma coherente y jerárquica que están presentes en un texto para exponer una idea de manera clara y concisa. 
 La macroestructura se refiere a todas las informaciones más relevantes o esenciales a lo largo de un texto, algo equivalente a lo que habitualmente denominamos resumen del contenido de un texto.
EJEMPLO: La macroestructura de la novela “La María” de Jorge Isaacs, se refiere a una historia de dos enamorados que no logran realizar su amor; mientras que la superestructura de la misma novela está formada por un inicio, un desarrollo y un final de la historia, o sea, a la forma como están organizadas las ideas en ese texto.

SUPERESTRUCTURA DE UN TEXTO

Es la forma como se organiza el contenido de un texto, utilizando distintas clases de párrafos, ya sea para iniciar una historia o para terminarla. De acuerdo con la clase de texto, se utilizan distintas clases de párrafos con diversos propósitos: párrafos para iniciar una historia, párrafos para concluir un tema o una historia, párrafos explicativos, párrafos ejemplificativos, párrafos descriptivos, párrafos que son el nudo de una historia, párrafos reflexivos, entre otros. Es el “esqueleto” reconocible que caracteriza los tipos textuales de los diferentes géneros discursivos. LA SUPER ESTRUCTURA DE UN TEXTO son esquemas que organizan su contenido.
Según el texto del cual se trate, las superestructuras tendrán distintos elementos.

La Superestructura, es aquella base o “esqueleto” sobre el cual se desarrolla un escrito.

Como la utilizada en las situaciones, tiene introducción, desarrollo y conclusión.
EJEMPLO: En el cuento de “La Cenicienta, la superestructura está formada por un inicio, un nudo y un desenlace, pues así está organizado este texto.
OTRO EJEMPLO: Una noticia tiene una superestructura formado por el inicio, desarrollo y conclusión de la noticiaEl inicio es el primer párrafo o párrafo introductorio de una noticia. El desarrollo es todo lo que está entre el primer párrafo y el último  párrafos de la noticia. La conclusión es el último párrafo de esa noticia.

QUÉ SON LAS FUNCIONES DEL LENGUAJE

Podríamos definir las funciones del lenguaje como los diferentes objetivos, propósitos y servicios que se le da al lenguaje al momento de comunicarse.
EJEMPLOS: Función del lenguaje de informar, de convencer, de conversar, de crear, de confesar, entre otras.

CLASES DE FUNCIONES DEL LENGUAJE:

1.  FUNCIÓN CONATIVA O APELATIVA
2.  FUNCIÓN REFERENCIAL
3.  FUNCIÓN EXPRESIVA
4.  FUNCIÓN POÉTICA
5.  FUNCIÓN FÁTICA
6.  FUNCIÓN METALINGÜÍSTICA
  1. FUNCIÓN APELATIVA O CONATIVA:

La función apelativa o conativa sucede cuando el emisor emite un mensaje del cual espera una respuesta, acción o reacción de parte de su receptor. Puede tratarse de una pregunta o una orden. El propósito de esta función es convencer al receptor para que haga lo que pretende el emisor.

EJEMPLOS: Podemos reconocerla en nuestra vida cotidiana, así como en la publicidad o la propaganda política: “Vota verde”, “¿Hiciste la comida?”, “Dime”.

  1. FUNCIÓN REFERENCIAL, REPRESENTATIVA O INFORMATIVA

Es aquella donde el emisor elabora mensajes relacionados con su entorno o con objetos externos al acto comunicativo. Es el tipo de función característica de los contextos informativos, o de los discursos científicos o enfocados en transmitir conocimiento. Esta función del lenguaje tiene como propósito informar o detallar el mundo exterior.

EJEMPLOS: “El teléfono no sirve”, “Otra vez llueve”, “El fuego es producto de una combustión”, “ América se divide en tres grandes regiones”.

  1. FUNCIÓN EMOTIVA, EXPRESIVA O SINTOMÁTICA

La función emotiva, expresiva o sintomática está enfocada en transmitir sentimientos, emociones, estados de ánimo o deseos.
EJEMPLOS: “Qué bien me siento hoy”, “Te quiero”, “No me gusta”, “Es una hermosa noche”.
  1. FUNCIÓN POÉTICA O ESTÉTICA:

En esta función, el lenguaje es utilizado con fines estéticos; es decir, con especial atención al cuidado de la forma en sí y del uso de figuras retóricas. Es el tipo de función característico de los textos literarios.

EJEMPLOS: Un poema, una novela, un himno, una canción, un cuento, una fábula, una obra de teatro o un trabalenguas, son buenos ejemplos.

  1. FUNCIÓN FÁTICA O DE CONTACTO:

Está enfocada en mantener el contacto comunicativo entre dos o más interlocutores, verificando que el otro interlocutor sí esté escuchando o entendiendo la información que se le está enviando. Sirve para iniciar, mantener o finalizar una conversación.
EJEMPLOS: “Te oigo, sí”, “Claro”, “De acuerdo”, “¿Sí me hago entender?”, “¿Me escuchas? ¿Eso es lo que quieres decir? ¿Me vuelves a explicar?” “ Repíteme de nuevo, por favor”.

  1. FUNCIÓN METALINGÜÍSTICA​:

Es la que empleamos para referirnos a la propia lengua, es decir, cuando usamos el lenguaje para estudiar el propio lenguaje.
EJEMPLOS: “Los sustantivos son nombres de personas, animales o cosas”, “Las palabras terminadas en ión, se tildan en la o”, “Las oraciones se dividen en sujeto y predicado”, “los verbos son acciones conjugadas o no conjugadas”. En otras palabras, todos los temas relacionados con el área de español, corresponden a la función metalingüística del lenguaje.

LA COHERENCIA Y LA COHESIÓN DE UN TEXTO ESCRITO
LA COHERENCIA: Se basa en el sentido lógico que tiene un texto desde que empieza hasta que termina. Si el lector puede responder a la pregunta “de qué se trató lo que leyó”, entonces sí había coherencia en el texto.

Existen dos tipos de coherencia:
  1. Coherencia global: Se observa cuando a lo largo de un texto, ya sea de una o quinientas páginas, es posible determinar una idea clara o un tema preciso, con lógica.
  2. Coherencia local: Corresponde a las relaciones que se establecen en las distintas partes de un texto, entre oraciones y párrafos.
LA COHESIÓN: Es una propiedad textual mediante la cual los enunciados de un texto se relacionan correctamente entre sí, desde el punto de vista léxico y gramatical. Es una característica fundamental del texto que le proporciona sentido tanto a los enunciados (frases u oraciones) como al conjunto de estos. La cohesión de un texto dependerá de la distribución y el orden de los elementos que componen una oración, estos pueden ser palabras que funcionan como conectores o signos de puntuación.
EJEMPLOS:

  1. A) Caminé, caí, me puse de pie.
  2. B) No iré a la playa, sino al río.
  3. En el ejemplo A, se utiliza la coma para separar los elementos que constituyen el enunciado, mientras que en el B, se aplica la coma y un conector “sino”. Ambos son comprensibles, por lo tanto, se puede decir que tienen cohesión. Y se terminan ambas ideas con punto final, ya que no hay nada más qué decir en el texto.
LECTURAS PARA EL DESARROLLO DE LA ACTIVIDAD
LECTURA NÚMERO UNO 1
HORACIO QUIROGA (1879-1937), EL ALMOHADÓN DE PLUMAS, (Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)

         Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
         Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
         La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
         En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
         No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
         Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
         —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
         Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
         Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
         —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
         Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
         —¡Soy yo, Alicia, soy yo!
         Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
         Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
         Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
         —Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
         —¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
         Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
         Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
         Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
         —¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
         Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
         —Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
         —Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
         La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
         —¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
         —Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
         Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
         Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
         Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

LECTURA NÚMERO DOS
EL GIGANTE EGOÍSTA - OSCAR WILDE (Dublín, 1854 - París, 1900)

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.

Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año
La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.
-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.

Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.

El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.
 Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

LECTURA NÚMERO TRES
JUAN RULFODILES QUE NO ME MATEN (México, 1918-1986), (El Llano en llamas, 1953)

        —¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
        —No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
        —Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
        —No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
        —Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
        —No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
        —Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
        Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
        —No.
        Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
        Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
        —Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
        —La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
        Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
        Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
        Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
        Y é, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
        —Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
        Y él contestó:
        —Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
        “Y me mató un novillo.
        “Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
        “Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
        “Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
        “—Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
        “Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
        Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
        Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
        Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
        Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
        Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
        Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
        Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
        Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
        Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. " Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
        Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
        Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
        Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
        Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
        —Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
        Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
        —Mi coronel, aquí está el hombre.
        Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
        —¿Cuál hombre? —preguntaron.
        —El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
        —Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima —volvió a decir la voz de allá adentro.
        —¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
        —Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
        —Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
        —Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
        —¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
        Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
        —Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
        —Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
        “Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
        “Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
        Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
        —¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
        —¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!
        —¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.
        —...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
        Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
        En seguida la voz de allá adentro dijo:
        —Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
        Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
        Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
        —Tu nuera y los nietos te extrañarán —iba diciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

TERCERA ACTIVIDAD DEL SEGUNDO PERIODO GRADOS SÉPTIMO UNO Y SÉPTIMO DOS
Con base en la lectura cuidadosa de cada uno de los tres textos dados, responda por escrito para cada uno las diez preguntas que se dan para cada lectura. La actividad también estará dividida en tres sesiones de trabajo, por todo el tiempo de plazo que tiene la guía. La actividad de esta guía de trabajo presenta tres lecturas con las cuales se hará la actividad de la guía. Cada sesión equivale a una lectura de estos tres textos. Todas las preguntas se relacionan con los temas explicados en la guía, por lo cual se deberá leer con mucho cuidado cada concepto de la guía y si usted lo considera necesario, tomar nota de aquellas ideas que te parezcan importantes.

PRIMERA SESIÓN JULIO 13 A JULIO 23 LECTURA NÚMERO UNO HORACIO QUIROGA, EL ALMOHADÓN DE PLUMAS.

1. Escriba veinte PREGUNTAS DE LECTURA COMPRENSIVA sobre la Lectura Número Uno, teniendo en cuenta todo lo que allí ocurre desde el principio hasta el fin y respóndalas. También escriba veinte preguntas DE LECTURA CRÍTICA sobre la Lectura Número Uno, relacionadas con su opinión acerca del texto leído o toda clase de preguntas acerca de sus apreciaciones personales sobre este primer cuento y respóndalas. (Mirar los ejemplos de preguntas de lectura crítica dados en la guía).
2. Escriba LA IDEA PRINCIPAL de esta lectura en cinco renglones con sus palabras o PARAFRASEANDO y escriba diez IDEAS SECUNDARIAS de la misma lectura con sus palabras o parafraseando. Represente con un dibujo de una página la idea principal y con otro dibujo de una página represente una idea secundaria. Coloréalos.
3. Explique con sus palabras en mínimo cinco renglones cuál de las seis FUNCIONES DEL LENGUAJE explicadas en la guía predomina a lo largo de esta historia. Explique otras dos funciones del lenguaje que también se puedan presentar en esta historia.
4. Escriba diez INFORMACIONES EXPLÍCITAS de esta historia, de mínimo cinco renglones cada una (cosas que se dicen expresamente en la lectura) y escriba diez INFORMACIONES IMPLÍCITAS de esta historia, de mínimo cinco renglones cada una. ( Recuerda que lo implícito son situaciones que se sobreentienden, aunque no se digan en la lectura).
5. Explique en mínimo cinco renglones cuál es EL PROPÓSITO DEL AUTOR en esta lectura.
6. Explique la MACROESTRUCTURA O IDEA GLOBAL de esta primera lectura en mínimo una página. Represente la macroestructura con un dibujo de una página y coloréalo.
7. Explique la SUPERESTRUCTURA de esta historia narrativa, explicando en media página cuál es el inicio, en media página cuál es el nudo y en media página cuál es el desenlace. Subraye o encierre con colores diferentes aquellas partes del cuento que formen parte del inicio, del nudo y del desenlace. Ninguna parte de la lectura puede quedar sin subrayar. Represente con un dibujo de una página el inicio, con otro dibujo el nudo y con otro dibujo el desenlace de esta historia. Coloréalos.
8. Saque diez INFERENCIAS de esta lectura de mínimo cinco renglones cada una. (Recuerda que las inferencias  son situaciones que no se dicen en el texto pero se sobreentienden ).
9. Transcriba diez ideas secundarias a lo largo del cuento, de mínimo tres renglones cada una. Cada una de estas ideas debe ir entre comillas porque son palabras textuales del autor ( "..." ). Escoja de esas diez ideas la que más te llama la atención y represéntela con un dibujo de una página y coloréalo. (Recuerda que transcribir es copiar al pie de la letra lo que dice el texto. Transcribir es lo contrario de Parafrasear )
10. Escriba una reflexión de mínimo una página y media acerca del mensaje que deja la historia de este cuento para tu vida y cómo lo puedes aplicar para ser mejor. Representa con un dibujo en una cartelera el mensaje de esa reflexión. escribe el título y auor del cuento. Coloréalo. 

SEGUNDA SESIÓN JULIO 24 A AGOSTO 4   LECTURA NÚMERO DOS  EL GIGANTE EGOÍSTA - OSCAR WILDE
 Responda por escrito las mismas diez preguntas que resolvió anteriormente pero con base en la lectura número dos.

TERCERA SESIÓN AGOSTO 5 A AGOSTO 14  LECTURA NÚMERO TRES JUAN RULFO, DILES QUE NO ME MATEN
 Responda por escrito las mismas diez preguntas que resolvió anteriormente con base en la lectura número tres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario